Entradas

CONDENA

                 El silencio de la cripta era espeso, como si las paredes mismas se hubieran tragado cada sonido, cada aliento. Talon apoyó la frente contra la piedra fría y dejó que la memoria le mordiera. Sissy. El nombre aún le latía en la boca como un rezo. La noche en que ella lo tomó no había sido un final, ni siquiera un comienzo. Había sido un incendio que borró todo lo que conocía y lo dejó desnudo ante lo que ahora era: hambre, sed, deseo hecho carne. Recordaba el pulso de su sangre, ese tambor sordo que lo acompañaba como una música de fondo. Ahora estaba apagado, lejano, como si alguien hubiera cerrado la puerta a esa melodía. ¿Qué significaba? ¿Acaso Sissy lo había marcado solo para soltarlo después, como una sombra más en el mundo de los muertos? Pensó en el sexo, en la piel, en las noches humanas que parecían tan urgentes. Ahora se preguntaba si importaban. Lo que vibraba en su garganta no era lujuria, sino sed. Lo ...

ELIXIR PRIAPUS - CRÓNICAS DE KELMOR

  Dural estaba inquieto. No podía dormir. Cada sonido, cada aroma, el tacto de las sábanas… todo le recordaba las apasionadas noches pasadas con Ainize. Cada vez que cerraba los ojos podía verla: desnuda bajo él, a su lado, encima, en la cama, en el bosque, junto al río, en el establo… cada gesto, cada gemido. Todo,  TODO  le traía esos recuerdos. Tenía calor. Sudaba. Jadeaba. ¿Qué demonios le pasaba? Ni siquiera cuando volvió a casa tras cinco años de ausencia había sentido una necesidad tan urgente. Cinco años sin verla, sin sus besos, sus caricias, su piel, sus cabellos, sus labios, sus dedos recorriendo su cuerpo… ese blanco cuerpo que tan bien conocía. Cinco años sin… ¡Basta! Trató de calmarse. Había tomado una decisión: visitaría a Ainize. Pero debía serenarse; no podía aparecer en sus aposentos como un animal en celo. Necesitaba despejar la mente, tener cuidado. Más que nunca ahora, ahora que su secreto ya no era tal. Salió sigilosamente de su habitación y se dirig...

LA FLOR ARDIENTE

 La sentí antes de verla. Como una corriente subterránea, una presión en el pecho, ese tirón magnético que uno reconoce pero nunca admite. No era que la estuviera buscando; era que algo me empujaba hacia ella. Y cuando mis ojos finalmente la encontraron bajo la luna, supe que ese algo tenía nombre. Blossom. Mi brazo se movió solo, envolviendo su cintura, la palma apoyada en la parte baja de su espalda. El contacto era tibio, casi frágil, pero bastó para recordarme la primera vez que la toqué así. Boston. Y entonces todo volvió. No era música, no era baile. Era algo primitivo, libre de cualquier forma. Nos movimos como si el suelo no nos sujetara, como si el aire estuviera hecho para sostenernos, como si no existiera nada más allá del pulso que nos unía. Ella no bailaba conmigo: me arrastraba, me incendiaba, me devoraba a través de aquella particular danza. Y yo… yo la seguía como un hombre que ha visto la orilla después de años en alta mar. Las marcas de sus uñas en mi espalda ardi...