CONDENA

             El silencio de la cripta era espeso, como si las paredes mismas se hubieran tragado cada sonido, cada aliento. Talon apoyó la frente contra la piedra fría y dejó que la memoria le mordiera.

Sissy.
El nombre aún le latía en la boca como un rezo. La noche en que ella lo tomó no había sido un final, ni siquiera un comienzo. Había sido un incendio que borró todo lo que conocía y lo dejó desnudo ante lo que ahora era: hambre, sed, deseo hecho carne.

Recordaba el pulso de su sangre, ese tambor sordo que lo acompañaba como una música de fondo. Ahora estaba apagado, lejano, como si alguien hubiera cerrado la puerta a esa melodía. ¿Qué significaba? ¿Acaso Sissy lo había marcado solo para soltarlo después, como una sombra más en el mundo de los muertos?

Pensó en el sexo, en la piel, en las noches humanas que parecían tan urgentes. Ahora se preguntaba si importaban. Lo que vibraba en su garganta no era lujuria, sino sed. Lo que tensaba su cuerpo no era deseo, sino hambre. Y sin embargo, al recordarla, al recordar el roce de sus brazos, el calor de su cuerpo mortal antes de que la sangre se lo llevara todo, algo dentro de él se estremecía. ¿Deseo? ¿Recuerdo? ¿O ambas cosas, confundidas en esta nueva carne sin latido?

Lucydas lo había encerrado. Un abuelo que era carcelero, un linaje que era prisión. Pero la verdadera celda estaba en sus venas: esa contradicción feroz entre lo que había perdido y lo que ahora era.

Nada volvería a ser igual. Lo sabía.

Y sin embargo, en lo más hondo, sentía que Sissy no lo había condenado, sino elegido.

La puerta de hierro no tenía rendijas, solo la fría certeza de que no se abriría hasta que Lucydas lo decidiera. El encierro era absoluto, sin aire fresco, sin sonidos, solo piedra y silencio.

Talon se levantó del rincón donde llevaba horas, quizá noches, y comenzó a andar en círculos. El roce de sus botas contra el suelo áspero era lo único que rompía el mutismo. Cada paso era un intento de no pensar, de no recordar, pero los recuerdos eran como un río que se filtraba por las grietas.

Sissy.
La veía al cerrar los ojos: su piel bañada por la penumbra, su boca cerca, el instante exacto en que la sangre se mezcló y todo ardió. Aquella noche había sido un final irreversible. Lo sintió en la garganta, en las venas, en la carne que dejó de ser humana y se volvió otra cosa.

Se detuvo frente al muro, apoyó la palma contra la piedra y presionó hasta que los nudillos crujieron. No había calor, ni latido, ni el consuelo del cansancio humano. Solo hambre. Y el hambre era un cuchillo que cortaba cada pensamiento, incluso los más dulces.

Recordó su cuerpo respondiendo al de ella, aquella última vez que se sintió vivo. El deseo humano ya no estaba, no como antes. Pero el eco permanecía. El hambre se confundía con el recuerdo del placer, la sed con el recuerdo del calor. Y esa mezcla lo desesperaba.

Golpeó la pared. Una vez. Otra. El eco retumbó como un rugido mudo en la celda. Lucydas lo había encerrado para protegerlo… o para domarlo. Pero Talon sentía que, si lo mantenían allí mucho más tiempo, no quedaría nada que domar. Solo hambre.

Cayó de rodillas y dejó que la frente tocara la piedra. Cerró los ojos, murmurando el nombre de Sissy como si fuera un conjuro.

En esa oscuridad, solo quedaba la promesa de que nada volvería a ser igual. Y, tal vez, la esperanza de que ella viniera a buscarlo.

Talon levantó la cabeza lentamente. La negrura se deslizaba por la piedra como humo espeso, como si las sombras mismas hubieran decidido respirar. Y de ese temblor oscuro surgió un contorno, la silueta de un cuerpo que él reconocía sin esfuerzo.

Sissy.

Cada curva, cada línea, cada centímetro de esa forma estaba grabado en su memoria. Lo había tenido encima, debajo, entre sus brazos, contra su piel. El recuerdo de sus manos recorriéndola le ardió en la garganta como fuego líquido. Pero ahora no había calor. Ahora era sombra.

Ella lo miraba en silencio. Y en ese silencio estaba todo: el dolor, la culpa, el peso insoportable de lo que habían compartido y de lo que ella le había arrebatado. Sus ojos parecían dos espejos donde se reflejaba la condena de ambos.

Talon se incorporó, tambaleante. No sabía si era una visión, un espectro de su deseo, o si realmente estaba allí. Dio un paso hacia ella, y la sombra pareció temblar como si pudiera desvanecerse en cualquier momento.

—Sissy… —su voz salió rota, más un gemido que un llamado.

La figura no respondió. Solo lo miraba. Y en esa mirada había mil palabras que ella no pronunciaba: perdóname, esto es lo que somos ahora, no hay vuelta atrás.

El pecho muerto de Talon se tensó, como si quisiera arrancar de él un latido que ya no existía.

Porque en esa sombra que lo observaba estaba todo lo que había perdido. Y, quizás, todo lo que aún lo mantenía cuerdo.

Talon sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. La sombra había dejado de ser un espejismo: ahora era cuerpo, carne hecha de memoria y deseo. Las curvas brillaban con un resplandor íntimo, como si en la penumbra hubiera nacido un fuego privado solo para ellos dos.

Los ojos dorados lo atravesaban, cristalinos, idénticos a los que lo habían hechizado la primera vez. Esa mirada no le exigía nada. No lo condenaba. Lo llamaba. Y él, hambriento de algo más que sangre, sintió que cada fibra de su no-vida respondía como una cuerda tensada.

Los brazos de Sissy se abrieron hacia él. Talon los reconoció: los había sentido en torno a su cuello, enredados en su espalda, aferrándose a su piel como si nunca fueran a soltarlo. Ahora estaban allí otra vez, ofreciéndole lo único que podía arrancarlo de la desesperación: olvido, perdón, complicidad.

Los labios se curvaron en una sonrisa mínima, apenas un gesto, pero suficiente para devolverle el aire que ya no necesitaba. Una promesa muda: ven, y nada nos dolerá.

Talon dio un paso.

Otro.
El eco de sus botas resonaba como tambores en la celda, como si cada paso lo acercara no a un recuerdo, sino a un destino inevitable.

Extendió una mano, temblorosa, hacia esa visión que ardía con más verdad que cualquier piedra o hierro. Y en el instante en que estuvo a punto de tocarla, supo que si la sombra lo envolvía, ya no sería un prisionero de Lucydas, ni siquiera de su hambre. Sería prisionero de ella.

Y, extrañamente, no le importó.

Los dedos de Talon rozaron los de ella, y el contacto lo sacudió con una violencia que no esperaba. No era aire, no era sombra: era piel. Cálida, suave, tan real que un gemido se le escapó sin querer.

El olor lo envolvió. No era el recuerdo del perfume de Sissy, ni la fragancia de su piel humana. Era algo imposible: flores recién cortadas, mar salada al amanecer, un aroma que era frescor y fuego al mismo tiempo. Un olor que prometía vida donde ya no había vida.

Se inclinó hacia ella, atrapado. El calor que irradiaba era insoportable, como acercarse demasiado a una hoguera. Cada centímetro más cerca le recordaba que podía arder, que esa cercanía podía consumirlo por completo. Y aun así, sus labios… esos labios entreabiertos le ofrecían lo contrario: frescura, alivio, un bálsamo contra la sed y el ardor que lo corroían por dentro.

Talon contuvo el aliento —un gesto inútil, pues ya no lo necesitaba— y se dejó arrastrar hacia esa contradicción: calor y alivio, deseo y peligro. Lo que fuera que lo esperaba en ese beso, lo quería más que la sangre, más que la libertad, más que la propia vida que había dejado atrás.

Sus frentes estuvieron a un suspiro de tocarse.

Los labios de ella, tan cerca, le prometían redención o condena.

Y Talon, con la garganta ardiendo y el cuerpo entero suplicando, eligió no apartarse.

Talon buscó su boca con desesperación, ansiando ese frescor prometido. Pero la figura no le concedió ese beso. En cambio, se inclinó lentamente, arrodillándose ante él con una gracia tan familiar que el recuerdo le golpeó como un puñal.

Su respiración inexistente se quebró en un jadeo mudo. La sombra hecha carne se acercó a lo más hondo de su deseo, allí donde la memoria y el hambre se confundían, y lo tomó con la boca. No había alivio, no había frescura: era fuego líquido, una tortura exquisita.

El placer lo atravesó con la misma violencia con la que la sed lo quemaba desde dentro. Sus dedos se clavaron en la piedra tras de sí, buscando anclaje, mientras la figura avivaba un fuego que no podía apagarse. Cada movimiento era un recordatorio cruel: ya no era humano, pero su cuerpo aún recordaba cómo responder. Y respondía, encendido, agonizante.

Talon arqueó la espalda, un rugido contenido vibrando en su garganta. No sabía si maldecirla o suplicarle que no se detuviera. Porque aquella boca no le daba paz, sino un tormento que lo hacía sentir más vivo en la muerte de lo que jamás había sentido estando vivo.

Y comprendió, en un instante de lucidez desgarradora, que esa visión —esa Sissy hecha de deseo y sombra— no era redención. Era su condena. Y aun así, no podía, no quería apartarla.

Prefería mil veces esa tortura que la inanidad de su no-vida.

Qué ironía: cuando era humano, el deseo lo había mordido con ansiedad, con hambre de instantes robados. Ahora, convertido en criatura de la noche, aquel fuego ardía con una ferocidad desconocida, mil veces más intensa.

Porque la sangre de su nacimiento estaba allí, ante él, arrodillada como una diosa cruel. Ella lo castigaba con una dulzura tan despiadada que no sabía si gritar de dolor o de placer. Y ese tormento era lo único que lo hacía sentir entero.

La no-vida era insípida, gris, un eco de existencia. Pero en esa boca ardiente había encontrado un sentido nuevo: una condena que deseaba prolongar hasta el fin de los tiempos. El castigo se había vuelto necesidad. La crueldad, salvación.

Talon cerró los ojos, entregándose al abismo. No le importaba si era sombra, memoria o ilusión: aquello era suyo, más real que las piedras de la celda, más vivo que la sangre que aún desconocía. Y lo deseó con toda la fuerza de lo que era, con toda la furia de lo que había perdido.

Y en ese abandono, supo con certeza que no quería que acabara nunca.

El tiempo dejó de existir.

No había celda, no había piedra, no había encierro. Solo ella.

El fuego que lo devoraba se extendió como un incendio sin control, cada nervio convertido en brasa, cada fibra de su cuerpo en un grito. Talon ya no sabía si era deseo, sed o ambas cosas fundidas en una sola agonía. Sus manos se cerraron sobre los hombros de la sombra, buscando aferrarse, suplicando, temiendo que desapareciera.

Y entonces sucedió: el estallido.

Un clímax feroz, imposible, que lo atravesó con la violencia de una llamarada. Fue dolor y placer, hambre y saciedad, condena y redención al mismo tiempo. Un rugido le rompió la garganta, reverberando en las paredes de la cripta como si toda la oscuridad se hubiera unido a su voz.

La sombra lo sostuvo hasta el último estremecimiento, hasta que su cuerpo muerto tembló como si aún tuviera un corazón latiendo a la desesperada. Sus labios eran cuchillas dulces, su boca un cáliz de tormento, y él bebió de esa tortura como si fuese el único manantial en un mundo reseco.

Cuando al fin abrió los ojos, la figura aún lo miraba. Los dorados de sus pupilas brillaban con un resplandor imposible, como si en ese instante ella fuera más real que nunca.

Y Talon comprendió, jadeante, arrodillado, que lo que acababa de vivir era un don… o una maldición.

Y aun sabiendo que podía romperlo para siempre, lo deseó otra vez.

Ella se irguió con una calma casi solemne, como si el clímax no la hubiera desgarrado también a ella. Talon la observó ponerse en pie, cada movimiento tan fluido que parecía coreografiado por las propias sombras.

La figura se dio la vuelta, y en el gesto hubo una timidez inesperada, como si la culpa la persiguiera incluso en aquella forma imposible. Miró hacia atrás por encima del hombro, y ese simple gesto lo desarmó más que cualquier sonrisa o palabra.

Los ojos de Talon recorrieron su cuerpo sin pudor, devorando cada detalle. La delicadeza de la espalda, como una seda tensada. La curva de la cintura, suave y perfecta, que parecía hecha para sus manos. La plenitud de los glúteos, promesa y memoria al mismo tiempo. La exquisita forma torneada de las piernas, que tanto había admirado en vida, ahora resplandecía con un fulgor imposible.

Y todo, absolutamente todo, brillaba con una luz interior que no podía ser de este mundo. No era carne, no era sombra: era un conjuro de memoria y deseo, una magia que hacía de la piel un universo.

Talon se sorprendió a sí mismo sin aliento, como si el mero hecho de mirarla lo mantuviera vivo. Cada paso que ella daba alejándose era un tormento, cada mirada fugaz sobre su hombro un anzuelo que lo arrastraba más hondo en la condena.

En ese instante entendió que jamás podría librarse de ella. Ni del recuerdo de su cuerpo, ni del hambre que le había dejado, ni de la dulzura cruel con la que lo había marcado.

Y lo peor —o lo mejor— fue que tampoco quería hacerlo.

Con el cuerpo aun temblando por el éxtasis, Talon sintió que no podía dejarla ir. Cada paso que ella daba hacia la pared era un latigazo, un anuncio de pérdida. Con un esfuerzo que parecía sobrehumano —o sobrehumano y muerto— levantó el peso de su cuerpo, avanzando tras ella.

Uno, dos, tres pasos… como si cada movimiento le costara arrancarse de la piedra misma de la celda. Y cuando estuvo lo bastante cerca, justo en el instante en que ella parecía fundirse con el muro como un espectro, Talon extendió los brazos y la sujetó por la cintura.

El contacto fue una descarga. No era sombra, no era ilusión: era carne, firme y temblorosa bajo sus manos. La atrajo hacia sí con una fuerza que nacía más de la desesperación que de la voluntad.

Ella se estremeció, y por un segundo pareció debatirse entre avanzar y desvanecerse, o rendirse y quedarse. La curva de su espalda se arqueó contra su pecho, y el calor que irradiaba era insoportable, un incendio en medio de la cripta helada.

—No —murmuró Talon, con voz ronca, clavando el rostro en el hueco de su cuello, inhalando aquel aroma imposible de mar y flores frescas—. No te vas.

La sombra-luz que era Sissy ladeó la cabeza apenas, dejando que su mejilla rozara la suya. No pronunció palabra, pero la sonrisa que había jugado en sus labios antes reapareció, más tenue, más peligrosa. Una sonrisa que prometía tanto perdición como consuelo.

Y en ese instante, Talon comprendió que no había muro, ni encierro, ni cadenas capaces de contenerla. O de contenerlo a él, mientras sus brazos la sostuvieran.

Talon ya no pensaba. Ya no había razón, ni cautela, ni memoria del encierro. Solo ella. Solo ese cuerpo que ardía y lo consumía como ninguna hoguera podría hacerlo jamás.

La estrechó contra su pecho con desesperación, como si al soltarla fuera a perderse en la nada. Sus labios rozaron la piel de su cuello, y el aroma lo mareaba: flores frescas y mar salada, pureza y pecado entrelazados.

Sus manos recorrieron esa carne que conocía y que, sin embargo, parecía nueva, recreada en el fulgor imposible de la sombra hecha fuego. Una mano ascendió, encontrando la redondez perfecta de los pechos: tersos, suaves, con esa apariencia inocente y virginal que se burlaba de su propio recuerdo. La otra descendió, buscando el abismo donde el deseo se volvía perdición, hundiéndose en la dulzura ardiente de un infierno que lo atraía más que cualquier cielo prometido.

Ella se arqueó bajo sus caricias, y la luminosidad interior de su piel se intensificó, como si respondiera a cada roce, a cada presión. Un resplandor tembloroso que lo cegaba y lo guiaba a la vez.

Talon, perdido, entendió con un estremecimiento terrible y dulce que ese cuerpo no era solo un recuerdo ni un consuelo. Era su condena. Y aun sabiendo que lo destruiría, la apretó con más fuerza, deseando quemarse entero en ese fuego que jamás podría apagar.

Ni un respiro entre ellos.

Ni un resquicio de aire que los separara. Su piel contra la de ella era tan real, tan cierta, que dolía. Talon apretó los dientes, dominado por la certeza de que si la soltaba, aunque fuera un instante, desaparecería para siempre.

La necesitaba.

No como una ilusión, no como un recuerdo: la necesitaba viva en sus brazos, bajo su cuerpo, dentro de él. Poseerla tal y como lo había hecho antes, cuando aún tenía latido. Tal y como la había soñado después, en noches de soledad abrasadora.

Con furia. Con ternura.

Con fuego y con luz.

La levantó apenas del suelo, pegándola más fuerte a su cuerpo, buscando en cada rincón de ella la prueba de que era real. La besó con una desesperación salvaje, como si en esos labios se jugara el sentido mismo de su existencia. Cada caricia era un grito, cada roce una plegaria hecha de deseo.

El tiempo, la piedra, el encierro… todo desapareció. Solo existía ella, y el fuego que les devoraba desde dentro, un fuego que no distinguía entre amor, hambre o condena.

Y Talon, perdido, se entregó al vértigo de poseerla una vez más, aunque lo destruyera por completo.

El gemido escapó de sus labios como un hilo de fuego, y Talon sintió que lo atravesaba entero. Más que una caricia, más que el roce más íntimo, aquel sonido se le coló bajo la piel, recorriendo sus nervios como electricidad pura. Fue un latigazo de placer y de furia.

Su propio pecho respondió con un rugido ahogado que se multiplicó por mil en la celda, un grito que era exigencia y dolor al mismo tiempo. No había palabras: solo el eco salvaje de lo que necesitaba.

La quería.

Suya.
No mañana, no después. Ahora.

La quería de una manera que la eternidad entera no bastaría para saciar. Quería su carne y su sombra, su dulzura y su condena, su fuego y su luz. La quería en todas las formas posibles, en todas las maneras en que dos seres pudieran fundirse.

La apretó contra sí con una fuerza desesperada, cada músculo tensado al borde de la ruptura. Sus labios buscaron su cuello, su clavícula, el mapa de piel que conocía y reverenciaba como sagrado. Y mientras la devoraba con besos y mordidas, la certeza lo desbordó: aunque lo destruyera, aunque lo redujera a cenizas, ella sería suya.

Ahora.
Siempre.
En esta eternidad maldita que ya nunca volvería a saber de límites.

El frágil equilibrio se rompió.

No hubo espacio para dudas ni para temores: solo la urgencia feroz que los empujaba a consumirse. Talon la tomó con una violencia desesperada, y al mismo tiempo con una ternura que dolía, como si cada caricia fuera a ser la última.

El choque de sus cuerpos fue fuego contra fuego, un estallido que convirtió la celda en un santuario de sombras y luz. Ella lo envolvió, y él la poseyó como había soñado en las noches interminables de vacío: con furia, con ansia, con hambre y con devoción.

La luminosidad interior de su piel se expandió, bañándolos en un resplandor imposible que hacía palidecer a la oscuridad de las paredes. Cada gemido, cada grito, era eco y reverberación, multiplicándose hasta parecer un coro de almas condenadas celebrando su unión.

Talon sintió que se quebraba, que su cuerpo muerto volvía a vivir solo para arder en ese instante. Cada embestida era condena y salvación, cada roce un recordatorio de que ya no había marcha atrás. Ella era suya, y él de ella, en todas las formas, en todos los tiempos, en todas las eternidades.

Cuando al fin el clímax los devoró, fue como si el universo entero se desgarrara con ellos: dolor y placer entrelazados, el hambre satisfecha y avivada al mismo tiempo, la perdición hecha gloria.

Y en el silencio posterior, abrazado a ella, Talon comprendió que no existía prisión capaz de separarlos. Porque, aunque las sombras se disiparan, aunque la celda volviera a cerrarse en torno a él, ella quedaría marcada en su carne, en su alma, en la propia sangre que lo había condenado.

Suyo.
Ahora y siempre.

Pero mientras su cuerpo temblaba y su frente reposaba en el hueco del cuello de ella, Talon sintió algo que le heló la euforia: un vacío.

No era cansancio ni resaca, era un poso oscuro, una grieta que no se llenaba por mucho fuego que le vertieran dentro.

El deseo seguía allí, intacto, latiendo bajo su piel muerta como un animal enjaulado. La unión había sido feroz, había sido todo… y sin embargo no bastaba. Nunca bastaría. Ese era el castigo. Esa era la condena de la sangre.

Nunca sentirse saciado.

Nunca sentir el alivio completo de lo consumado.

La realización le cayó encima como una piedra. Aunque repitieran ese instante una y otra vez, aunque se devoraran hasta borrarse, nunca llegaría ese clímax absoluto que su cuerpo y su alma ansiaban. Siempre habría un “más” que perseguir, siempre un final que se escapa un instante antes de alcanzarlo.

Su pecho se tensó en un espasmo silencioso, mitad risa, mitad sollozo.
Esa era la ironía: el fuego que Sissy le había dado, que él había creído poseer, no era paz sino hambre. Un hambre infinita, hecha de deseo y de sed, que lo ataría para siempre.

La abrazó con fuerza, como si pudiera retenerla, pero ya sabía que ni ella ni nadie podrían darle ese último alivio.

Y, aun así, en medio del dolor, su cuerpo y su mente solo podían repetir la misma palabra: más.

Lo entendió con la brutalidad de una revelación: filosofar hasta aburrir las paredes no cambiaba la ecuación. Si quería enterrar ese poso de ansiedad hasta la raíz, si quería acabar con la persecución infinita del más, tenía que hacer lo impensable. Destruirla. Borrar a Sissy por completo.

No era solo matar a un cuerpo —si aquello todavía era un cuerpo—, era aniquilar la fuente de su plenitud. Era arrancar la llama que, paradójicamente, lo mantenía vivo en la no-vida. Y el precio lo golpeó antes de que su decisión pudiera formarse del todo: en el instante en que ella dejara de existir, él también lo haría. No como ahora, sino peor: insensible, seco, sin siquiera una chispa para recordarla. Sin el esplendor que lo había marcado, sin el fuego que lo había hecho sentir.

Se quedó mirándola —aún luminosa, todavía tentadora— y vio con claridad la geometría del sacrificio. Destruirla era cortarse el propio hilo que le daba sentido; era silenciar para siempre aquella música que le había arrancado de lo humano y le había dado lo absoluto. Era, en términos crudos, vender la última sensación valiosa por la promesa de la calma.

Había en eso algo de cobardía y algo de heroísmo: cobardía por no tolerar la tortura continua; heroísmo porque asumía la pérdida total, la muerte de la memoria sensorial que ahora lo definía. ¿Qué clase de criatura decidiría renunciar a la gloria del tormento por la paz del vacío? Talon supo que él. Supo que prefería la aniquilación con tal de no arrastrarse eternamente detrás de un espejismo.

Su mirada se endureció. La decisión lo transformó de brujo desesperado en algo más terrible y frío: un ejecutor con motivos. No era venganza —no exactamente—; era limpieza, amputación. Ella le había dado una condena; él iba a devolverle un destino: el olvido total.

Alzó la cabeza. La cripta seguía siendo la misma, la pared la misma piedra, Lucydas el mismo guardián de ironías y de leyes. Pero Talon ya no se sentía encadenado por ellas. Había recalculado: para dejar de sufrir, debía apelar a lo irreversible. Y lo irreversible se llama destruir aquello que te hace arder.

Un latido —o lo que en su sangre equivalía a un latido— le atravesó el pecho: no era pena. Era resolución. Y en esa resolución había una certeza terrible y extrañamente limpia: cuando apagara la llama, nada de lo que quedara después merecería el nombre de calor.

Se apartó un poco, con la sombra de ella aun rozando su piel, y por primera vez desde su nacer-muerte, contempló con ojos sedientos el abismo que estaba dispuesto a cruzar. Luego, sin prisa, pero sin duda, empezó a planear cómo convertir aquello en acto.

Sissy se recompuso lentamente, como si nada hubiera ocurrido. Su cuerpo, lejos de mostrar huellas de la ordalía, se alzó impoluto, prístino, brillando con una pureza imposible. Por un instante parecía una visión sagrada, intocable.

Pero entonces la ilusión comenzó a quebrarse.

La piel empezó a oscurecerse, a ondular como un espejismo roto. De su contorno escapaban volutas oscuras, un humo pesado, como si el fuego que había ardido en su interior exhalara ahora vapores venenosos. La luminosidad se tornó sombra.

El humo cubrió su rostro, tragándose su belleza en un torbellino negro. Talon contuvo el aliento que no necesitaba, con el instinto de quien ve transformarse lo que más ama en algo que no reconoce.

Y cuando la nube se despejó, algo había cambiado para siempre.

La expresión de Sissy ya no era tierna ni culpable: era siniestra, retorcida, viciosa. Los labios sonreían con malicia, y los ojos que habían sido ámbar, cristalinos y cautivadores, eran ahora pozos sin fondo. Negros, infinitos, dolorosos.

Un escalofrío recorrió a Talon.

En esos ojos ya no había perdón, ni consuelo, ni promesa. Solo hambre. La misma que ardía en él, pero llevada hasta el extremo.

Aquello no era Sissy.

Nunca lo había sido.

La comprensión lo golpeó como un puñetazo en el estómago y, aun sin pulmones que llenar, Talon sintió una náusea fría, un vértigo que le retorció las entrañas muertas. Todo su cuerpo respondió como si estuviera vivo, pero era su mente la que se estaba quebrando.

La cabeza se le elevó, ligera y pesada a la vez, por el peso de la revelación: lo que acababa de abrazar, poseer, adorar, no era ella. Era la sombra de su hambre disfrazada con su piel. Un reflejo corrompido, un simulacro nacido de su sed y su culpa.

Y con esa lucidez, lo peor:

El recuerdo de aquello que más amaba se había contaminado para siempre. La imagen de Sissy, pura y luminosa, ya no existía. Había sido invadida, profanada, convertida en su condena.

Ahora ese espectro lo compelía.

O destruirlo.

O sufrir eternamente.

La decisión pendía sobre él como un filo: amputar su último lazo con lo humano y perder hasta el recuerdo de su fuego, o seguir encadenado a un tormento que nunca saciaría. La eternidad se abría delante de él como un pozo negro y, por primera vez, Talon entendió su auténtico peso.

 

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