BAJO SU CUERPO

 No hay cadenas más dulces que el peso de su cuerpo sobre el mío. No hay prisión más ardiente que la que elijo, una y otra vez, con un suspiro y un gemido.

Lo siento encima, sosteniéndose con los brazos, marcando el ritmo de un vaivén lento y profundo. Cada embestida me llena despacio, cada centímetro suyo reclama mi carne como si quisiera dejar su marca en lo más hondo. Es una tortura deliciosa, un incendio que me abre por dentro y me arranca gemidos roncos que no puedo contener.

De pronto su calma se vuelve más salvaje. Sus movimientos siguen siendo lentos, pero ahora cada empuje es un golpe brusco, como si quisiera derribar una muralla que hace tiempo se vino abajo. Y yo me aferro a él con uñas y piernas, con dientes y gritos, suplicando entre jadeos: “más, más, más…”.

Sus brazos ceden y cae un poco más sobre mí. El roce de su pelvis contra mi parte más sensible enciende todos mis nervios, me arranca gritos que se mezclan con su respiración quebrada. Me arqueo bajo su peso, perdida, loca, incendiada. Y en mi garganta, entre jadeos, se escapa la súplica:

“¡Dámelo todo! ¡Hazme gritar más fuerte! Te quiero dentro toda la vida, quiero sentirme tuya por completo. No pares… pero si paras que sea para romper el cielo conmigo. Derrámate en mí, hazme tuya con tu calor.”

Tus palabras son dinamita en su oído. Cada súplica, cada grito ronco con su nombre, lo enciende más que cualquier roce. Tus labios buscan los suyos con desesperación, tu aliento húmedo le eriza la piel mientras tu cuerpo se arquea pidiendo más, pidiéndolo todo.

Él responde con una fuerza renovada, embistiendo profundo, más allá de la razón, como si de verdad quisiera romper el cielo contigo. Tus gemidos se transforman en rugidos que llenan la habitación, y en cada uno de ellos vibra tu entrega total: tuya por dentro, tuya por fuera, tuya hasta en la voz que le grita que no pare nunca.

Y cuando por fin siente el borde de su propia explosión, se deja ir dentro de ti, derramando ese calor espeso que tanto deseas. El clímax os sacude como un trueno, como si toda la hoguera ardiente de vuestros cuerpos se hubiese concentrado en ese instante brutal de pertenencia. Tú lo sientes tuyo, él te sabe suya, y en esa unión abrasadora no queda nada más que el temblor compartido y el eco de tu grito.

Y entonces llega el susurro, entrecortado, roto en un sollozo feliz que pesa más que cualquier palabra:

“Te quiero… y este amor es mi condena.”

Sonrío, sudorosa, cansada, dichosa. Porque no hay fuego más cierto que el que me sostiene bajo su peso, ardiendo juntos hasta que la hoguera y el amanecer se confunden. Y así me quedo, marcada por dentro y por fuera, ardiendo en el peso de un amor que no me aplasta: me sostiene.

Comentarios

Entradas populares de este blog

ELIXIR PRIAPUS - CRÓNICAS DE KELMOR

LA FLOR ARDIENTE

CONDENA